viernes, 28 febrero 2025

El silencio de los bien pagados

S.Calleja

La transparencia en Canarias ha muerto. No ha sido un asesinato a sangre fría, sino una eutanasia consentida, metódica, deliberada. La mató la Mesa del Parlamento, con Astrid Pérez en el bisturí, asistida por el resto de sus colegas en un quirófano de silencio cómplice. Nadie gritó "¡paren!" cuando se deslizaba el decreto letal que eliminaba la información sobre las dietas de sus señorías. Nadie, porque todos están demasiado ocupados sumando ceros a sus cuentas corrientes.

Desde septiembre de 2024, los diputados del Parlamento de Canarias ingresan un 131% más en concepto de dietas. Una cifra obscena, más propia de la contabilidad de un cártel que de un parlamento. Pero lo verdaderamente escandaloso no es la subida, sino el encubrimiento. La información que desde 2017 estaba disponible en el portal de transparencia ha sido eliminada bajo el pretexto de "errores" contables. Unas cifras que, de pronto, ya no cuadraban, y en lugar de corregirse, se han volatilizado.

Astrid Pérez, la presidenta de la cámara, encabeza la lista de beneficiados con la friolera de 6.586 euros en dietas. Un sueldo extra que para cualquier ciudadano de a pie es la diferencia entre comer y no comer, entre pagar el alquiler o verse en la calle. Su vicepresidenta, Ana Oramas, se conforma con 3.470 euros. Gustavo Matos, 3.710. Y así sucesivamente, hasta completar una retahíla de nombres que cobran sin pestañear mientras la pobreza en Canarias se dispara. Pero no esperen ni una sola declaración de rechazo, ni una renuncia digna. Nadie dirá "esto es indecente" porque, para ellos, el silencio es oro. Literalmente.

Y aquí es donde entran en escena los parlamentarios de Lanzarote. Yoné Caraballo, Oswaldo Betancort, Astrid Pérez, Marcos Hernández, Marcos Bergaz.... Todos han optado por la misma estrategia: callar, mirar a otro lado, seguir recitando su letanía populista de "estamos aquí para ayudar a la gente". Hablan de pobreza, de desigualdad, de justicia social. Se indignan por el derroche de los otros, pero cuando llega el momento de meter la mano en el cajón, no tiemblan. Y lo hacen con la ventaja de saberse impunes.

Como escribía magistralmente Manolo García Déniz en Elperiodicodelanzarote.com , estos parlamentarios, tan distintos en su discurso, en esto son idénticos: "Ñoosss, esto cobré este mes. Caraajo". "Shhh, calla, calla, de esto que no se entere nadie, esto tiene que quedar entre nosotros". "Vale, vale, qué bueno". La transcripción de la lógica interna de los despachos parlamentarios no puede ser más clara. No se trata solo de lo que cobran, sino de cómo se protegen entre ellos, de la connivencia silente con la que han normalizado el saqueo.

La ley de transparencia de Canarias obliga a publicar de manera clara y comprensible la información relativa a los gastos del Parlamento. Pero aquí la ley es una de esas cosas que se respetan solo cuando conviene. Lo cierto es que la eliminación de estos datos no es un accidente ni un descuido. Es una estrategia. Desaparece la información y, con ella, la posibilidad de fiscalizar sus privilegios. Que nadie sepa cómo se reparten la tarta. Que nadie haga preguntas incómodas. Y si alguien insiste, se le remitirá a la información genérica, esa que no dice nada.

El Parlamento, que debería ser un bastión de la democracia, ha decidido blindarse contra la transparencia. A los ciudadanos solo les queda la indignación, porque la justicia, como la información, también está secuestrada. Recurrir esta decisión solo es posible por la vía contencioso-administrativa. Es decir, gaste usted dinero y tiempo si quiere saber cómo se financia la clase política. Un sarcasmo cruel.

La democracia no muere con cañonazos, sino con la lenta erosión de la confianza. Y no hay nada que corrompa más la confianza que el secretismo. La pregunta es simple: si no tienen nada que ocultar, ¿por qué ocultan? Pero ellos no responderán. Seguirán repartiéndose dietas y levantando la ceja cuando alguien hable de la crisis. Y nosotros, los pagadores, nos quedaremos con el eco de un silencio bien pagado.

 

 

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