viernes, 28 febrero 2025

El balneario existe, pero la vagancia gana: crónica de una playa orinada

Foto Elpejeverde.com. Persona orinando en la arena del Reducto este pasado domingo a plena luz del dia.

S. Calleja

En la Playa del Reducto, el agüita del mar limpia y el jable amarillo compiten con otro elemento menos bucólico: el pestazo insoportable de la orina humana. No es un suceso aislado ni una anécdota de estos días. Es una práctica diaria, constante, asumida con la naturalidad de quien se rasca la nariz. Hombres y mujeres, embriagados de desvergüenza y otros licores, se despojan de cualquier atisbo de decoro y convierten la arena en su urinario personal.

La escena no es para estómagos sensibles. A plena luz del día, con el balneario funcionando a escasos metros, los protagonistas de esta tragicomedia despliegan sus encantos anatómicos sin rubor alguno y riegan la arena como si de una costumbre ancestral se tratara. El resultado: una zona fronteriza entre el paseo y la playa que emana un olor capaz de disuadir hasta al más valiente de extender su toalla. Quienes lo intentan, huyen despavoridos, como si hubieran activado una trampa de gas en una operación militar.

 

El problema no es la falta de alternativas. El balneario, dotado con aseos públicos, está abierto. Es decir, la excusa del "no había dónde" es una falacia tan monumental como la desfachatez de quienes la esgrimen. Esta no es una historia de necesidad, sino de dejadez. Un recordatorio de que, en la escala de la civilización, hay quienes aún se resisten a abandonar la cueva.

Las sanciones existen. La ordenanza municipal de Arrecife es clara: orinar en la playa está prohibido y castigado con multas que oscilan entre los 750 y los 3.000 euros. Pero las leyes, como bien sabemos, solo funcionan si alguien se molesta en aplicarlas. Mientras los infractores operan con una impunidad que haría las delicias de cualquier anarquista, la arena sigue impregnándose de ese aroma tan propio de los baños de gasolineras de carretera.

Se podría argumentar que este es un problema generalizado, que en otras ciudades también ocurre. En efecto, en Sevilla, Alicante o Tenerife también se sanciona esta práctica.

El balneario de la Playa del Reducto ofrece aseos gratuitos. No hablamos de una playa remota ni de un descampado sin infraestructuras. Hablamos de una zona urbana equipada, donde los infractores han decidido que el esfuerzo de caminar dos metros es superior al beneficio de mantener un espacio público digno.

En este panorama, el ayuntamiento hace lo que puede. La máquina de limpieza pasa a diario, intentando una tarea imposible: eliminar lo que la conducta incívica deja sin cesar. Pero una maquinaria, por muy eficaz que sea, no puede afinar hasta las grietas del muro donde estos desconsiderados depositan sus miserias.

Este es el reflejo de una sociedad donde el civismo es opcional y la vergüenza, un vestigio del pasado. Orinar en la playa, con un baño a dos metros, no es un acto de necesidad, sino una declaración de principios. El principio de que "hago lo que me sale de lo que tengo entre mis dedos ", en caso de ser hombre, claro.

Tal vez, cuando el primer escarmiento se haga noticia y los infractores sientan en sus bolsillos el peso de las multas, entiendan que la arena es para tomar el sol, no para convertirla en un urinario público.

Y entonces, quizá, cuando el bolsillo duela lo suficiente, el balneario estará más cerca y aprenderán a no ser unos hediondos.

 

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