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Cuando Canarias mascaba su propia tierra: la historia de Tabay, el chicle de tabaiba que se vendía en toda España por una peseta

S.Calleja

Hojear los ejemplares de la histórica revista Meridiano que tengo la suerte de tener en mi casa de Madrid, es asomarse a una ventana del pasado llena de sorpresas. No era una publicación local ni de barrio: Meridiano tenía tirada nacional y llegaba a quioscos de toda España entre los años treinta y sesenta. Entre sus páginas de papel sepia, junto a anuncios de tinteros Pelikan y crónicas de la España de posguerra, asoma una publicidad fascinante: "Reportajes fotográficos TABAY. Coleccione estas fotos en las hojas mensuales de nuestro magnífico ÁLBUM DEPORTIVO". Y junto al texto, el dibujo de un paquete verde con dos chicles mentolados por el módico precio de una peseta.

No era una golosina cualquiera. Era el chicle de origen canario que, durante un breve pero intenso periodo en la posguerra, llegó a plantar cara a las todopoderosas marcas internacionales en todo el país. Esta es la historia de una plantita de secano en unas islas pobres, de una escasez mundial y de una idea empresarial brillante que hoy, casi ochenta años después, merece ser rescatada del olvido.

 

 

Malpaís con tabaibas en Lanzarote. Foto: Elpejeverde.com

 

El secreto blanco de la tabaiba dulce

Para entender el éxito de Tabay hay que mirar al paisaje más árido de Canarias, y muy especialmente a Lanzarote, isla de la que esta planta es el mismísimo símbolo vegetal. La Euphorbia balsamifera, conocida popularmente como tabaiba dulce o mansa, es un arbusto discreto, resistente y perfectamente adaptado a la falta de lluvia y al alisio. Crece despeinada por los malpaíses y las costas, indiferente a la sequía, como si la tierra volcánica fuera para ella el mejor de los suelos. Pero guarda un tesoro en su interior.

Al hacer un corte en su tallo sale la conocida "leche de tabaiba". A diferencia del látex de otras especies —como la tabaiba amarga, que quema la piel y es altamente cáustica— el de la dulce es suave y de propiedades balsámicas. Mucho antes de que a nadie se le ocurriera comercializarlo, nuestros antepasados ya conocían íntimamente sus virtudes. Los agricultores y gente del campo  de Lanzarote lo utilizaban como pegamento natural, para sellar las grietas de las barricas, para quitar la sed en los largos días de campo y, entre otras cosas, untándolo en las ubres de las cabras para provocar el destete de los baifos.

Y por supuesto, cuando esa savia blanca se dejaba secar al sol, se convertía en una goma natural que tanto adultos como niños mascaban para limpiar los dientes, fortalecer las encías y entretener el hambre. Era el auténtico chicle autóctono de las islas.

 

Malpaís con tabaibas en Lanzarote. Foto: Elpejeverde.com

 

 

 

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el panorama internacional estaba devastado. Las grandes marcas americanas de chicle —el famoso chewing gum que habían popularizado los soldados estadounidenses por media Europa— tenían enormes problemas para producir y exportar a una España sumida en la dura desgracia. En los quioscos y tiendas de toda la Península, el chicle era casi un artículo de lujo.

En ese preciso contexto, un emprendedor grancanario, el ingeniero Augusto Hernández Rodríguez, tuvo una visión genial: ¿y si fabricamos chicle a nivel industrial utilizando nuestra propia materia prima? En agosto de 1945 patentó el procedimiento para usar el látex de la tabaiba dulce como base de la goma de mascar. Un año después, en 1946, registró oficialmente la marca Tabay. El nombre no era casualidad: Tabay venía directamente de tabaiba, la planta canaria que lo haría posible.

Sin embargo, la falta de financiación en un archipiélago lastrado por las dificultades económicas impidió que la gran fábrica se instalara en las islas. La producción tuvo que trasladarse a Barcelona, donde la Compañía Hispanoamericana de Alimentación, CHADA S.A., asumió la manufactura. Ese mismo verano de 1946, los chicles salieron al mercado en toda España: dos unidades con un refrescante sabor a menta empaquetadas en un inconfundible envoltorio verde que rezaba "Una exclusiva de CHADA S.A.". Costaban exactamente una peseta. Se vendían en quioscos, tiendas de ultramarinos y estancos de Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia y, por supuesto, Canarias.

Momento del reel de Biologist Universidad de La Laguna

 

El lanzamiento vino acompañado de una estrategia de marketing que hoy estudiarían en las facultades de comunicación. Para dar a conocer el producto en todo el país, la empresa apostó al deporte rey de la época en España: el ciclismo. Patrocinaron el equipo ciclista "Galindo-Tabay", reclutando a figuras míticas del pelotón español como Dalmacio Langarica, Julián Berrendero o los hermanos Delio y Emilio Rodríguez.

El éxito fue arrollador. En 1946, los corredores con el maillot verde y el logotipo de Chicles Tabay en el pecho coparon las portadas de los diarios deportivos de toda España al ganar la prestigiosa Vuelta a Cataluña y firmar actuaciones estelares en la Vuelta a España. La marca se hizo inmensamente popular en toda la Península. Lanzaron además exitosas campañas de cromos coleccionables en álbumes deportivos que se incluían con cada compra — una estrategia que hoy reconocemos en los sobres de Panini pero que entonces era absolutamente rompedora. El furor fue tal que, en varias ocasiones, la empresa tuvo que publicar comunicados en la prensa de tirada nacional pidiendo disculpas formales por no dar abasto con los pedidos.

Mientras el chicle triunfaba en la Península, a miles de kilómetros, en los campos de Canarias, la recolección de la leche de tabaiba se había transformado en una actividad económica real, aportando un ingreso extra muy necesario a las familias rurales que recorrían los malpaíses y las costas con sus cuchillos y sus botes.

Ejemplares originales de la revista Meridiano, de tirada nacional, donde se anunciaba Tabay. Foto: Elpejeverde.com

 

El amargo final

Pero el milagro empresarial fue efímero. A finales de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, la economía mundial comenzó a estabilizarse. Las multinacionales del chicle regresaron con fuerza al mercado europeo y llegó la verdadera estocada letal: la aparición del chicle de base sintética, derivado de polímeros artificiales y plásticos, infinitamente más barato y fácil de producir a escala industrial que el látex natural ordeñado a mano en los campos canarios.

El chicle de tabaiba no pudo competir en costes. Tabay se fue diluyendo en silencio hasta que, entrados los años cincuenta, sus máquinas se apagaron para siempre. Hoy, de aquella gesta solo quedan los ejemplares de Meridiano en las hemerotecas, los cromos de ciclistas en los mercadillos de antigüedades y las viejas tabaibas del sur de Lanzarote y otras islas, algunas aún marcadas por las viejas cicatrices de aquellos cortes.

 Momento del reel de Biologist Universidad de La Laguna

 

 ¿Un futuro con sabor a tabaiba en Lanzarote?

Llegados a este punto, en unos días de Semana Santa que invitan a la reflexión, resulta inevitable mirar a nuestro alrededor. En Lanzarote, donde la tabaiba dulce es nuestra seña de identidad vegetal y crece a sus anchas formando inmensos tabaibales en nuestras costas y malpaíses, se abre un debate apasionante.

Vivimos en pleno siglo XXI, una época donde el consumidor huye de los productos ultraprocesados y de los plásticos. El mercado actual premia lo ecológico, lo orgánico, lo artesanal, el "kilómetro cero" y, sobre todo, los productos con identidad e historia propia. El chicle comercial que compramos hoy en los supermercados es, en esencia, una goma plástica sintética. Sabiendo eso, cabe preguntarse: ¿sería factible hoy que un emprendedor lanzaroteño recogiera el testigo de Augusto Hernández?

 Momento del reel  de Biologist Universidad de La Laguna

 

 

La materia prima existe y es abundante. La sostenibilidad del proceso de extracción —siempre que se haga con respeto y control medioambiental— está demostrada por nuestros antepasados. Y la historia del producto, digna de un guion de cine, ya está escrita. Quizás solo haga falta alguien con la misma audacia de aquel ingeniero de 1945 para devolvernos el orgullo de mascar un trozo de nuestra propia tierra, adaptado a los estándares actuales.

¿Volveremos algún día a ver un chicle de tabaiba 100% conejero en los estantes? El tiempo, y el espíritu emprendedor de la isla, dirán la última palabra.

 

`` Este reportaje nació gracias a un reel publicado en Facebook por la página de divulgación científica Biologist Universidad de La Laguna (Los Realejos), un espacio dedicado a enseñar, compartir y disfrutar del mundo vegetal. Su contenido sobre la tabaiba dulce fue la chispa que encendió esta historia. Desde Elpejeverde.com, gracias. 

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