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Yonathan, la foto es la tapa del sumidero

S.Calleja

Aviso al lector antes de empezar:  uno de los personajes que aparecen en portada es ficción; cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


La noche del 25 de agosto fue de postal. Jable húmedo por la Peña del Camello en El Reducto, móviles grabando sin parar, ese estribillo que te acorrala el pecho y te hace creer que la ciudad, por fin, se mira al espejo y se ve grande. “Setenta mil”, dijeron, aunque creo que les pudo la emoción con la cifra, no sé. Puede ser. La verdad es que por unas horas Arrecife sonó a capital . Luego llegó la mañana, que siempre llega: facturas sobre la mesa, casi tres cuartos de millón por el concierto, y un informe con una frase seca como un portazo: “totalmente en contra”. El papel corta como un naife bien afilado.
Lo que viene, Yonathan, no es un baile con la oposición. Esa coreografía te la sabes de memoria y, si me apuras, hasta te divierte. Lo que se aproxima camina sigilosa y descalza por el pasillo del ayuntamiento hacia tu despacho. Suena a un aliado insular que, con voz de notaria, recuerda que los papeles también gobiernan. Y es que el desgaste de dentro no grita: levanta una ceja, toma nota y deja que la gravedad haga el resto.
Este verano te han metido en el microondas por el gasto festivo. La broma fácil —casi treinta mil euros en una cena de gala para cerrar un torneo de futbol— ha circulado de nevera en nevera. No es solo la cifra; es la foto que nunca se vió: mantel, copas, escenario… mientras los clubes piden baldes para las goteras. Ese plano corto funciona en cualquier sobremesa. Además, abre paso a un relato más áspero: Festejos y Turismo se confunden cuando conviene; un expediente torcido vale por diez tuits; la Intervención deja de ser trámite y sube al escenario como personaje principal. Y eso, ya sabes, no tiene buena prensa en la hemeroteca de la administración.
Ahora viene lo delicado. Cuando alguien que gobierna con los tuyos en el Cabildo enumera más de mil reparos en dos años, no está opinando: está encendiendo las luces de la sala con permiso de los tuyos, los del PP han mirado para otro lado como si no conocieran al pollo. La verdad es que cuesta más tragar una página de Intervención que cien chistitos de carnicero en redes contados por el mismo graciosillo creyéndose gracioso. Uno se olvida; el otro se archiva. Y los archivos no perdonan.
Además, recuerda que el tablero se movió en marzo. Hubo cese, hubo reajustes, hubo ese silencio largo que en política equivale a un párrafo entero. Quien ha sido alcaldesa y hoy ocupa un sillón de altura no necesita dar golpes en la mesa: basta con un gesto, una indicación medio susurrada, un “ocúpate” murmurado en el pasillo. Si tropiezas, la foto de familia no siempre sale enfocada. Y es que la casa, cuando quiere, trabaja como un buen servicio secreto: sin dejar huellas dactilares.
Luego está la lluvia, que no entiende de relatos ni de equilibrios internos. El 12 de abril cayó una de esas que te examinan sin previo aviso. En pocas horas, más de doscientas incidencias entre Arrecife y Teguise; garajes con barro hasta los tobillos; coches clavados como muebles viejos; rutas cortadas a mordiscos. Fue un recordatorio cruel, sí, pero útil: aquí apenas llueve… hasta que de repente llueve como si alguien hubiese abierto una compuerta.
Después llegó la escena que todos conocemos. Rueda de prensa entre charcos, promesa de encauzar barrancos “aguas arriba”, respuestas de que la red urbana es municipal, y esa cantinela técnica de que tocar ciertos cauces exige tocar el Plan General. Papel contra papel. Competencia contra competencia. El agua, además de mojar, tiene un talento especial para encontrar burocracia.
Por eso este aviso no va de épica; va de logística. Si este otoño, o en pleno invierno “seco”, vuelve a caer una como la de abril, nadie mirará el cartel de fiestas. Mirarán las tapas de los sumideros. La fecha de la última limpieza. El contrato de mantenimiento que estaba vigente… o no. Cronómetro en mano. Y con razón. En la nevera de los vecinos caben imanes con teléfonos de emergencia, no selfies del escenario con luz bonita. En serio: la gente quiere saber si cuando el agua suba, alguien llegará antes que el albañil.
El clima, además, es traicionero con las narrativas. El último invierno fue seco y cálido, menos lluvia de la que tocaba, y sin embargo bastó una tarde para destapar pluviales, bombas y nervios. Aquí las estaciones no educan: sorprenden. A eso no se le responde con una frase redonda, sino con cosas que se tocan. Un mapa en la web municipal señalando puntos negros y la fecha de la última actuación, calle por calle, con un ejemplo claro: “Calle Palmera, sumideros limpiados el 3/11; revisión prevista el 17/11”. Un decreto de ayudas preaprobado para no improvisar entre sacos de arena. Un parte diario, breve y sin maquillaje, cuando Aemet pinte nubarrones: “Se han desplegado dos bombas en Argana; prioridad para Valterra y Titerroy”. Botas de agua a tiempo y, sobre todo, expedientes que resistan el primer tirón sin deshilacharse.
Dirás que exagero. Ojalá. Pero no hay que ponerse el sombrero de conspiranoias para leer las señales. Un aliado que saca la calculadora. Un organigrama que se recoloca como piezas de dominó. Una interventora que se planta con una frase que duele. Todo correcto, todo legal… y, sin embargo, todo el mundo escuchando el mismo subtexto. Si fallas cuando caiga la próxima, el golpe no entrará por la puerta principal con pancartas y megáfonos. Entrará por la cocina, con una sonrisa amable y un “ya te lo dije” que quema más que una portada.
Y no, el peligro no es Roy y sus comedias virales. Eso entretiene y desgasta un poquito y se olvida al día siguiente. Lo que tumba alcaldes no son los chistes y la mala fiscalización : son las goteras. Y los papeles. Sobre todo los papeles que pesan como sacos de arena cuando sube el agua.
Al final, te salvará algo menos vistoso que un gran titular: una hoja de servicio que aguante el chaparrón. Si aciertas ahí, incluso el fuego amigo tendrá que guardarse el fosforo. Si no, cuando vuelvan las nubes, descubrirás que los paraguas más grandes estaban, precisamente, en manos de los tuyos… pero orientados hacia otro lado.
Cierra bien las tapas. Y los expedientes.

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